jueves, 28 de enero de 2016

Geishas Rivales



En la anterior entrada les comentaba sobre Murakami, hoy hablo de Kafu Nagai, y su libro Geishas Rivales.

No tengo la más mínima afición por el interés provocado por las  geishas, menos  después de  que Hollywood  haya dado a conocer a las masas   ese nuevo personaje pop.
Felizmente, el libro de Kafu  tampoco es el testaferro     de  esta hambre  iconoclasta occidental.

No conozco la más elemental historiografía literaria  de Japón.  Llegué a Kafu y  a Murakami por sendas  diferentes y  en tiempos desiguales.   Haruki solo fue un encuentro  con un producto nuevo, como quien acepta una  nueva marca de café de una demostradora en el supermercado.
A Kafu me llevaron las búsquedas casi imposibles del erotismo, en el sentido más fino de la palabra, que es a la vez, el más desconocido e ignoto.

Lo único idéntico entre los dos autores es su nacionalidad.

En “Geishas Rivales” hay un plato servido de  relaciones  entre los  personajes, retratos  de  estilos de vida específicos que nos van guiando  durante el texto en busca del alimento literario.
Sus personajes no son interesantes, pero no son banales.  Aunque   su relato es  entretenido por  instantes  tuve la vívida sensación de leer palabras o arreglos de palabras que no  llevan a nada hasta no encontrarme  profundamente excitado, en medio de la lectura, rodeado por una escena que puede ser un arrebato celestino o un estado mental alterado  por drogas de  primera categoría.
En realidad es alucinante.  El estilo de Kafu Nagai te arrastra lentamente hasta pensar que vos mismo sos un  ornamento de su  elegante construcción literaria.  En este punto,   inevitablemente recordé la majestuosidad de Wilde, para quien el erotismo es una de las formas de  contar algo, no lo que se narra.

Sin doble sentido ni transgresión alguna, Kafu  hizo que me dieran ganas de ser una  geisha, o por lo  menos considerar si vestirme como una.

No estamos dispuestos a considerar lo que es el erotismo porque queremos pensarlo  como  una  propiedad que está fuera de nosotros, como una larga categorización  taxonómica y descripciones  genitales que destruyen la  atemporalidad   de quien experimenta su placer.

Kafu no nos  abandona a la palabra explícita, mucho antes de razonarla ya ha bosquejado una escena  donde se puede casi morder el sabor y el olor del óleo de los cuerpos.
A todos nuestros eruditos del factor erótico  de masas les vendrá como un verdadero  exorcismo  este  pequeño libro.

Por eso,    muy en lo personal creo que después de un autor así,  engullir novelas modernas del género   es como tomar una purga en medio de un episodio de diarrea crónica. 

Sin embargo, recuerden, ¡recuerda  cuerpo mío y alma etérea!
Éste es solo el apunte  en la senda de un perdedor.
¡Hasta la próxima nota!

2 comentarios:

  1. lo mejor de la literatura japonesa es que a nuestros ojos oxidentales es como una fruta exótica traidda de tierras lejanas, de la que no se conose el sabor ni el holor, y que apenas probarla, nos hace experimentar nuevas censaciones y desde luego, nos hace soñar...

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