En la anterior entrada les comentaba sobre Murakami, hoy
hablo de Kafu Nagai, y su libro Geishas Rivales.
No tengo la más mínima afición por el interés provocado por
las geishas, menos después de
que Hollywood haya dado a conocer
a las masas ese nuevo personaje pop.
Felizmente, el libro de Kafu
tampoco es el testaferro
de esta hambre iconoclasta occidental.
No conozco la más elemental historiografía literaria de Japón.
Llegué a Kafu y a Murakami por
sendas diferentes y en tiempos desiguales. Haruki solo fue un encuentro con un producto nuevo, como quien acepta
una nueva marca de café de una
demostradora en el supermercado.
A Kafu me llevaron las búsquedas casi imposibles del
erotismo, en el sentido más fino de la palabra, que es a la vez, el más
desconocido e ignoto.
Lo único idéntico entre los dos autores es su nacionalidad.
En “Geishas Rivales” hay un plato servido de relaciones
entre los personajes,
retratos de estilos de vida específicos que nos van
guiando durante el texto en busca del
alimento literario.
Sus personajes no son interesantes, pero no son banales. Aunque
su relato es entretenido por instantes
tuve la vívida sensación de leer palabras o arreglos de palabras que
no llevan a nada hasta no encontrarme profundamente excitado, en medio de la
lectura, rodeado por una escena que puede ser un arrebato celestino o un estado
mental alterado por drogas de primera categoría.
En realidad es alucinante.
El estilo de Kafu Nagai te arrastra lentamente hasta pensar que vos
mismo sos un ornamento de su elegante construcción literaria. En este punto, inevitablemente recordé la majestuosidad de
Wilde, para quien el erotismo es una de las formas de contar algo, no lo que se narra.
Sin doble sentido ni transgresión alguna, Kafu hizo que me dieran ganas de ser una geisha, o por lo menos considerar si vestirme como una.
No estamos dispuestos a considerar lo que es el erotismo
porque queremos pensarlo como una
propiedad que está fuera de nosotros, como una larga categorización taxonómica y descripciones genitales que destruyen la atemporalidad
de quien experimenta su placer.
Kafu no nos abandona a
la palabra explícita, mucho antes de razonarla ya ha bosquejado una escena donde se puede casi morder el sabor y el olor
del óleo de los cuerpos.
A todos nuestros eruditos del factor erótico de masas les vendrá como un verdadero exorcismo
este pequeño libro.
Por eso, muy en lo
personal creo que después de un autor así,
engullir novelas modernas del género es como tomar una purga en medio de un
episodio de diarrea crónica.
Sin embargo, recuerden, ¡recuerda cuerpo mío y alma etérea!
Éste es solo el apunte
en la senda de un perdedor.
¡Hasta la próxima nota!
lo mejor de la literatura japonesa es que a nuestros ojos oxidentales es como una fruta exótica traidda de tierras lejanas, de la que no se conose el sabor ni el holor, y que apenas probarla, nos hace experimentar nuevas censaciones y desde luego, nos hace soñar...
ResponderBorrarqué rico olor y sabor.
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